AUTOR: RAÚL LINARES.
“Transitan por las calles en caravanas de hasta más de 40 camionetas, todas identificadas con las cartulinas del Cártel del Golfo (CDG), la X, o la XXXM3, tripuladas por cuatro o cinco sujetos uniformados y visiblemente armados, ¿Y dónde están los soldados? Sólo los dejan que hagan su guerra”.
Lo anterior es un testimonio de un habitante de Tamaulipas que, en pleno año 2010, había de susurrar en voz baja lo que estaba comenzando a ser una costumbre. En la penumbra del anonimato, en pleno sexenio calderonista, así se sugería en la lengua corriente el efecto de la guerra del narcotráfico en el norte del país.
Cuatro años después, ya entrada la administración de Enrique Peña Nieto, el anonimato no ha dejado de ser una condición en la que los habitantes de Tamaulipas vivan. La ley de plomo y sangre, pese haber disminuido en su poder y beligerancia, aún hieden en el ambiente. Se resisten a desaparecer. Pero de ello se conoce poco, aquí, en donde las balas las silencian el silencio gubernamental.

